domingo, 14 de enero de 2007

El Todo, ¿historia de un principio y un final o devenir constante?

Los argumentos en pro o contra de uno u otro punto de vista son muchos y con mis amigos hemos discutido tantos que por más que lo intente no podré documentar aquí todos, pero todos ellos han sido importantes para la conclusiones que he encontrado.

La idea de un mundo con un principio y un final es atractiva sobre todo porque se asemeja a nuestra vida que comienza y se acaba. Sin embargo, en realidad no existen límites definidos en nuestra vida porque si analizamos más detenidamente el final no es un final como tal, porque nuestro cuerpo como materia permanece, nuestro código genético se transmite a las siguientes generaciones, nuestro estilo de vida, nuestras ideas y acciones permanecen de cierta forma en nuestros hijos y demás personas que nos acompañan. Así que lo que parece un fin no es más que un cambio de estado donde lo más significativo es que todas las características que una vez pertenecían a una sola cosa o ente, ahora están disgregadas en varias partes.

Si analizamos nuestro comienzo, también nos daremos cuenta que tampoco es tan comienzo como nos imaginamos. Biológicamente somos el resultado de millones de años de evolución física de miles de millones de años desde la formación del universo. Mentalmente nuestra personalidad y lo que define lo que “somos” es el resultado de miles de años de evolución cultural de ideas que han pasado por millones de mentes y que ahora se encuentran reunidas en nuestras cabezas. De esta manera podemos rastrear nuestro comienzo con el comienzo del universo y nuestro fin con el fin del mismo. De tal manera que el problema de la existencia del universo es el mismo que el de la existencia de nuestra vida.

Teniendo presente esto analicemos cómo ha sido el transcurrir de esta historia. Este transcurrir (flecha del tiempo) tiene varias características entre las que se destacan el aumento de complejidad (de lo simple a lo complejo), la aparición y aumento de la inteligencia (de lo “ignorante” a lo inteligente), el aumento del tamaño de las estructuras (de lo pequeño a lo gigante y de lo separado a lo unido), la aparición y aumento de la consciencia (de lo inconsciente a lo consciente), todo respetando claro está la segunda ley de la termodinámica. Todo esto nos lleva a pensar que si hubo un principio éste debió ser un mundo muy pequeño de reglas “ignorantes” y muy simples, totalmente disgregado e inconsciente (que es como se postula el estado primigenio del Big-Bang). Y si hay un fin este debe estar precedido por un estado inconmensurable (espacial y estructuralmente hablando), de una complejidad abrumadora, con una inteligencia casi omnisciente, poderosa y consciente hasta el punto que este estado es casi un dios sí mismo. Llegado a este punto se podría pensar que es esa la línea de la existencia, que es ese el camino completo del todo (el universo). Ahora bien, ambos extremos tanto el principio como el fin plantean inconvenientes. El principio plantea la existencia a partir de nada en absoluto a todo en absoluto (la creación del universo y el Big-Bang). Por otro lado el fin plantea o bien un estancamiento sin muchos cambios, salvo el lento aumento de la entropía hasta el enfriamiento total, o un proceso en el que de todo en absoluto se llegue a nada en absoluto (algo inverso al Big-Bang o Big-Crunch, como algunas teorías lo sugieren). Lo primero plantea la existencia de un ser que se vería enfrentado primero a su casi eterno estancamiento y segundo a su única, total y auto-contemplativa existencia que lentamente se desvanece en la fría oscuridad del equilibrio termodinámico. Lo segundo sugiere el retorno a las condiciones iniciales del principio (si así se le puede decir), llevando a la idea de que al fin le prosigue le prosigue al principio (de la nada al todo y del todo a la nada en una oscilación sin fin).

La primera posibilidad de fin sería como una gran sinfonía que sólo a partir de reglas simples y el azar crea todos los fenómenos y personifica al Dios subyacente para luego desvanecerse eternamente hacia el silencio. La segunda posibilidad resultaría ser un devenir constante de fines y principios subsiguientes, de sinfonías que construyen y desvanecen continuamente, y entonces el proceso sólo sería un ciclo en el que no tiene sentido el fin ni el principio y que es siempre es diferente.

A mi me gusta más la idea de un devenir constante, pero esto no es una cuestión de gustos, de cualquier forma nuestra existencia es única y puede parecer fugaz en un contexto de eternidad pero en realidad es completamente continua y conectada con todo lo demás. Al fin de cuentas somos una pequeña nota de una gran melodía que se repite y/o suena eternamente y que cada vez y en cada momento es diferente por su intrínseca naturaleza improvisada.

Pienso que un verdadero creador no hace ninguna preferencia sobre sus obras, todas ellas diferentes y variadas tienen su propio valor, cada una es especial y ninguna es mejor que otra. Para un verdadero creador su obra no presenta ningún progreso, simplemente son variaciones explorando el mundo de lo posible.

Un universo de devenir constante o de una única expresión igual sería creador de si mismo y Dios, que sólo con reglas simples e “ignorantes” y una aleatoriedad intrínseca es un verdadero creador que explora las variedades de lo posible y lo imposible.

1 comentario:

  1. Sencillamente es Fastuoso el dilema, y esta espléndidamente expuesto. Pero se me hace en este momento como una pared que se levanta en la despavorida carrera en la que se convierte la vida y obliga a recapacitar frente a los argumentos validos con los que debemos enfrentar el día a día.

    Yo en medio de todo me quedo por ahora para enfrentar mi vida con la escala humana, que creo es suficiente. Por otro lado traigo a tu recuerdo aquel sueño que te decía: El de trascender a la muerte, y gracias me dejas tranquilo por que este si que es bueno enfrentarlo a escala infinita.
    HHooaadiy

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