No es posible que nos empeñemos tanto en ser tan respetuosos de las malas formas, de todo aquello que nos degrada pero que insistimos en disfrazarlo de objetivos bien sanos que nos permiten evolucionar, y bajo esas excusas tan insalubres escudamos nuestros logros y nuestra aparente civilidad. ¿Cómo no vanagloriarnos de la ciencia y tecnología?, tanta y sagrada ciencia y tecnología que nos ha llevado a los confines del universo, o por lo menos eso nos han hecho creer, que nos ha permitido conocer mejor cada cosa que aún no destruimos pero que le damos sólo un poco más de tiempo. Cada día a nuestros cuerpos, a nuestras mentes, a nuestra ética, a nuestro sentir, parece que cada vez somos más inmunes a las cosas que pasan, más que buenas, malas. Parece que se nos endureciera la Piel, los Ojos, las Manos, los Pies, las buenas acciones, ¡Eso es apocalíptico! ¿No son los dragones en el cielo que bien podrían ser aviones de combate? Los sellos que se abren que bien podrían ser tratados entre imperios poderosos de hoy que no hacen más que repartirse la riqueza de pueblos pequeños vestidos de salvadores inocuos, de dioses generosos que no son más que tristes arlequines de una fuerza que no sé cuando ni donde se apoderó de su conciencia, y en vez de eso les dejó una registradora.
No es por demeritar la intención de un cúmulo de personas que parecen despertar, a lo matrix, del marasmo en que nos tiene sumido una sociedad que aparenta todo, menos dignidad, que se vanagloria de status, cuando sus asociados viven en la más completa pobreza; que se preocupa de la fiesta y de sus ilustres invitados, cuando algunos viven de los desechos y de la basura de donde a veces o casi siempre obtienen para comer; de una clase política que ni siquiera llega a clase por que son un grupo semiforme y sin principios, preocupado por el contrato, por la revista, por lo de su grupo en algún lugar, de algún cargo, de alguna provincia de este desgarrado país. ¡Qué vaina tan terrible!, ¡qué cuestión tan delicada! ¿Qué hay por decir?, ¿qué poder hacer? No es que no haga caso de comentarios salidos de todos lados y de ningún lado, de ese pensar que no hay nada más que hacer, que es hora del popular “apague y vamos”, que sólo quedan los esfuerzos individuales en este momento que ya los colectivos fracasaron, y que no es posible que desde nuestra profunda y difusa humanidad perdida, salga ese destello que desde los orígenes de nuestra existencia nos miró o vio lo mejor de cada corazón en la cara del otro sin necesidad de pensar en que tiene nuestro interlocutor, de donde viene, quienes son sus parientes o si es apto o no es apto.
Que puede decirse, Cartagena es sólo un microcosmos de lo que es Colombia. Aquí, contrario a lo que podría pensarse, no somos la Ciudad más segura del País, la menos pobre no lo somos, la más turística tampoco, la más hermosa quizás, pero lo que sí somos es la más querida, y es por ello que como el padre a su hijo adorado nunca verá los defectos del mismo. Pero estamos en tiempos difíciles, tiempos en los que vemos la inseguridad de frente y nos da miedo el paseo matinal, nos da miedo la caminata en la noche; ese saber que, volver en la madrugada de la casa del amigo de la parranda en la playa, ya eso es de pensarlo más de dos veces. Ya las mamás no se sienten seguras, ni las abuelas, ni el tío consentidor que siempre patrocina la borrachera. Eso es muy triste, y lo más grave es que no son soluciones a mediano y corto plazo las que se divisan, hay que tomar correctivos ante esta hecatombe social que vivimos, no por los caídos de afuera que son importantes, sino por los del patio de al lado, los vecinos de enfrente, la cuadra entera y la gente del antiguo barrio donde vivíamos antes y donde dejamos los mejores amigos y recuerdos.
Hay que recuperar la Ciudad, hay que recuperar los principios que hacen del Cartagenero una persona afable, una persona dicharachera, gozona, trabajadora pero sobre todo una persona honesta y pacífica, lleno de ese cosmos de persona de Cartagena; pero también del mundo, por que somos una mezcla de muchas cosas de las cuales siempre debemos estar en la responsabilidad de sacar las mejores cosas. Ya basta de ese cuestionamiento de nuestra honradez de sangre porque cada cual consigue y concibe desde sus propios actos la razón de su proceder y su destino.
Armémonos literalmente de fuerza ética y moral, de tantas ganas que podamos contribuir desde cada punto de vista a transformar las cosas, a poder estar al día con nuestros valores; que pareciese que a veces que los dejamos un paso atrás de nuestros actos, seamos felices ayudando, anulemos y neutralicemos a la apatía que nos tiene embobados y que, con todo respeto, no nos deja ser espontáneos ante nuestras buenas formas.
Por:
Rubén Darío Ligardo Vega
Historiador y Técnico Profesional en Manejos Documentales
(Adaptado por José F. Sáenz)